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Parresía

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En parresía, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del propio interés y la apatía moral.
Michel Focault[1]

La parresía, el hablar franco de los clásicos reivindicado por Foucault, es la pieza fundamental para pensar la comunidad real como ser político colectivo. Se trata de mucho más que de un hablar informado, se trata de un hablar en verdad, sin temor no ya a los otros o a las consecuencias sociales de lo dicho, sino a la incomprensión del otro.

La incomprensión de los otros no es un eufemismo del desacuerdo, sino la ausencia de un contexto común lo suficientemente profundo y extenso como para que la verdad de uno pueda ser expuesta crudamente sin tener que justificarse ni adornarse. Por tanto el hablar franco que define la verdadera actitud política, el verdadero vivir político. Exige previamente una deliberación profunda, una interacción prolongada y su consecuencia: identidad real. Porque es un hablar que necesita y tiene en cuenta la decodificación que de lo dicho hace el otro. Y lo hace de una manera que sólo puede darse cuando existe, con los interlocutores, un metabolismo común y propio de generación de conocimiento. Es decir, la verdad política está limitada a un ámbito que no puede ser sino el de la comunidad real.

Ver también: Parresía, política y comunidad
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Otras formas de hablar sincero

Pero si lo que «hace verdad» en el hablar de uno depende de la relación y el contexto establecido con el que escucha, existen tantas formas de hablar sincero como niveles de compromiso y formas de relación se pueden establecer entre los interlocutores.

Ver también: Del hablar franco al hablar parco y Las condiciones de la conversación
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Siguiendo la pirámide del compromiso podríamos hablar de:

  • El hablar franco como forma propia del hablar sincero en interacción
  • La pedagogía o seducción como la forma correspondiente a la participación, en la que el hablante comparte y explica sus propios contextos para permitir al otro llegar a un conocimiento común que le permita llegar a la parresía.
  • La adhesión, el comercio de ideas con el otro cuando este se acerca desde la vaga simpatía y el breve compromiso de escuchar, es el verdadero lugar de la alternativa en el modo de hablar:
    • Una alternativa intentar una seducción sin base, hablar al otro desde sus propias categorías para que llegue a las mismas conclusiones que nosotros. Cuando esto pasa, irremediablemente aparecerán palabras que se vacíen, que se neutralicen para permitir que un contexto genere valores diferentes a los que representa; aparecerán significados cambiados y matices elevados a categoría... es decir, la estructura del discurso en el contexto ajeno crujirá y sufrirá para llevarle a donde no quiere ir mientras el otro aún piense que sigue en el campo incuestionado de sus valores.
    • Otra, por la que optamos, sería el «hablar parco», es decir, desde nuestros valores y contextos pero sin explicarlos, limitándonos a enunciarlos -para que el otro sepa que es un terreno ajeno desde donde hablamos que puede explorar por si mismo si lo desea- y relatando las conclusiones materiales que genera. Este hablar parco es un hablar sincero pero consciente de sus limitaciones, que no encuentra lugar para enseñar o seducir y simplemente contrasta -tras la advertencia de enunciar los valores que le informan- las consecuencias prácticas del propio universo de valores. El «hablar parco» busca un «hacer juntos» que sabe temporal y frágil, ya que no hay sustento en una base común, así que de alguna manera es también un hablar modesto que se sabe incómodo, precisamente porque opta representarse desde la autonomía del que habla y de la comunidad cuyos valores articula en su relato.